Luis Lozano (LuisLo), Omar Molina (AKA White as Chocolate) y Benito Casado (AKA Im Married) son los integrantes de Çantamarta y como cantadores de la modernidad, juglares que saltan por los pueblos de las redes sociales para contar a través de la mezcla de ritmos la vida que los antecede, han ido escalando en el entorno musical español y venezolano.
Son un trío con muchos panas, pero pocos amigos; con un bolsito tricolor que los acompaña, bajo la batuta vocal de Luis; con los tanguillos del flamenco andaluz y las bases melódicas del pasodoble. Es la guitarra que se mezcla con las palmas de la cumbia, es el jaleo que se une, como si fueran aristas de la misma rama, con la voz del Caribe colombiano y el relato de la urbanidad venezolana; es el hip hop que se entrelaza con el folclore.
En medio de su estudio en Madrid, la capital española, mientras una máquina de mezclas y un piano los acompañan, los tres se toman el tiempo para recibir un poco de sol, tomar una pausa, hablar de nuevos exponentes musicales y revisitar en la memoria los momentos que han permeado su vida. El encuentro de este trío, como ellos lo relatan, puede pensarse como una historia de amor y hermandad. No necesitaron mucho tiempo ni muchas horas para darse cuenta de una conexión que, quizás, fue un azar del destino.

Esta historia se remonta al año 2017 en las calles de Granada, España. Beni y Omar eran amigos de la universidad desde hacía un par de años y, en ese tiempo, Beni invitó a Omar a pasar unos días en su ciudad natal. Ambos estudiaban ingeniería de sonido y, como buenos melómanos de crianza, siempre andaban con la oreja parada en busca de nuevos ritmos.
Por otro lado, Luis llevaba un par de años en la ciudad, luego de emigrar de Venezuela en 2015, y había descubierto que tocando la guitarra en las calles “rascaba” un poco más de dinero que en la hostelería. La urgencia de la migración exige y reta. Los tres vienen de ciudades diferentes, pero comparten muchos hilos que unen sus historias y en ese viaje, como si fuese un coletazo azaroso de la vida, Beni y Omar vieron a Luis tocar en la plaza Alonso Cano de Granada.
“Siempre decimos que hubo buen feeling desde el principio. En la calle muchas veces me encontraba con gente que me proponía vainas, me invitaba a tocar con ellos, pero no todo el mundo me daba ese feeling para contactarlos. Al final, la calle es como es. No era Caracas, pero igual sigue siendo la calle. Con ellos todo fue de forma natural y a los dos meses comenzamos a trabajar juntos”, relata Luis en exclusiva para El Diario.

Los primeros dos años de amistad fueron el preámbulo musical, el lapsus de tiempo necesario para escudriñar en la historia del otro, en sus gustos, en sus referencias, en las dudas y certezas musicales. Fue un tiempo para darle forma a la arcilla barrosa de una idea que no era más que un juego de libertades, una posibilidad endeble de futuro, pero donde los tres encontraron una ferviente voz para mezclarse narrativamente.
Los tres seguían en sus vidas, tirando para allá y tirando para acá, en “la lucha por la locha”, luchando sin descanso. El oficio musical era, quizás, su punto de fuga de la rutina. Nunca tuvieron un camino claro y este proceso les permitió construir una identidad musical arraigada en la experiencia de vida, en el folclore que nutre sus creencias y, sobre todo, en la relación particular de las culturas que se entremezclan.
“Partimos de la curiosidad como base. Eso está muy presente en los tres. Nos preguntamos el uno al otro: “Oye, ¿eso que dice ahí qué significa?” Y ese interés por la cultura del otro y el respeto es como la base también del proyecto, ya que aprendemos mucho. Es muy bonito ese aprendizaje constante. Siempre cada uno de nosotros viene con algo nuevo. Mira qué he escuchado, mira qué es esto, mira qué es lo otro”, cuenta Omar para El Diario.
En 2019, luego de un par de canciones sueltas, el proyecto comenzó a formalizarse. Ya no eran tres amigos repartidos por el sur español y tenían que buscar un nombre, un símbolo que se mantuviera con ellos en la posteridad. Santa Marta, Colombia, es la ciudad natal de la madre de Luis y ese nombre, con su sonoridad tan rítmica, relata, siempre lo marcó en su vida. Llevaba consigo la cadencia musical de la tierra de su madre y, luego, al conocer a Omar y Beni el nombre comenzó a representar ese encuentro entre los tres. Omar le agregó la C cedilla (Ç) para darle ese toque diferente.
“Llega un momento en el que Çantamarta es un punto de encuentro muy potente. Se convierte en una plazoleta de reunión muy guay, que hubiese sido imposible de hacer si los tres hubiéramos tomado caminos diferentes o proyectos individuales. Esto nos permite que el proyecto sea didáctico, entretenido y sea un lugar donde un rapero puede estar junto a un cantante de boleros. En otro caso podría sonar raro, pero como está Çantamarta de por medio es viable. Para mí ese es el punto más exótico de la manera que tenemos para intercambiar data musical entre nosotros”, puntualiza Beni.

Bajo esta máxima, Çantamarta se estrena como grupo en 2019 con “Fermina”, una canción que salta de las referencias del vallenato hasta el recuerdo del rap neoyorquino, de Diomedes Díaz a Wu-Tang Clan sin extrañezas. Luego, en 2020, su nombre comienza a resonar con “Lluvia” y el acompañamiento de los músicos venezolanos Willie DeVille, Irepelusa y Veztalone.
Çantamarta y el folclore como la raíz del sonido
En la producción radial de la leyenda venezolana del Silbón, escrita por Damaso Delgado, el narrador Alfredo Acuña Zapata dice al final del relato: “El folclore es el alma misma del pueblo. Sus creencias, su sentir, sus costumbres.” Toda experiencia en la gran extensión de la llanura es un signo de la vida misma. Esto se puede extrapolar a la existencia de los seres en cualquier lugar del mundo. El caminante de los callejones en el ajetreo citadino, el mototaxi que rompe la velocidad del tiempo con su propia libertad, el pescador que llega a las costas mediterráneas, el cantante flamenco que exalta en su voz la historia del pueblo gitano. Todos son partícipes del folclore y para Çantamarta, como escudriñadores, esto ha sido la base de su trabajo.
Luis es colombovenezolano. Su historia de vida es el encuentro constante de esa frontera y la interacción latente de ambas culturas. Los viajes a Maicao y a Cúcuta, la vida que se yergue como un ramaje en esos parajes, son aspectos que, para él, dan cuenta de su crianza, pero también del endeble dibujo de las fronteras. Estamos bajo el mismo cielo y somos, aun con nuestras diferencias, seres que parten de símbolos identitarios comunes.

“La cosa bonita que tienen en común el Caribe con Andalucía es que la cultura popular de ambas regiones o de ambos universos tiene un punto muy reivindicativo y también conflictivo. Hay mucho rechazo o, bueno, no se le saca el máximo provecho al folclore.”, comenta Luis.
Eso pasa en todo el mundo, agrega Luis. Existe un conflicto con la tradición popular y, en muchos casos, puede menospreciarse su alcance en la identidad de las comunidades. Sin embargo, esas expresiones codifican la vida de los seres humanos. Para Luis es el vallenato, la cumbia, el mapalé, el bullerengue y los ritmos que se bifurcan en el Caribe colombiano y en la memoria de su familia migrante. Para Omar y Beni, como andaluces, es el flamenco, el pasodoble, los “palos” y la copla. Es el recuerdo de la música de su padres, de sus barrios, de sus callejuelas repletas de sonido.
“Cuando creces con esos ritmos en tu casa, creas un amor incondicional a esos géneros o a universo musical que, quizás, no sea tan valorado en tu día a día. Entonces, eso te hace preguntarte: ¿Por qué lo que se escucha en mi casa no gusta afuera? ¿Por qué si a mí me encanta esta canción, me parece tan bonita, afuera me dicen que esto es X o Y?”, comenta Luis.
En este caso, hay un elemento que es capaz de funcionar como hilo conductor entre culturas que, a simple vista, parecieran ser muy diferentes: la lucha por reivindicar la identidad. Para Çantamarta no fue una búsqueda concreta ni tampoco una bandera con la cual denominar al proyecto, sino que, al contrario, fue el proceso natural de tres amigos que volcaron su vida en conversaciones y, posteriormente, en una idea conjunta.

Omar, por su parte, habla del valor intrínseco del respeto hacia el folclore. Esas expresiones son la representación viva de los pueblos y su historia. Entonces, al acercarse, por ejemplo, al flamenco se debe entender que la aproximación solo es capaz de funcionar si nace desde el respeto.
“Va a sonar como una frase hecha, ¿no? Pero el flamenco es un estilo de vida. La gente vive el flamenco y los que son flamenco de verdad viven el flamenco con sus pros y sus contras. Porque también es muy bohemio, muy oscuro, muy de perderse y entonces con sus pros y sus contras lo viven. Quien es flamenco, flamenco de verdad, lo siente así, lo vive así.”, apunta Omar.
La posición reivindicativa del folclore también es un escalón difícil de traspasar, sobre todo cuando esa base se mezcla, posteriormente, con ritmos modernos y disidentes. Para Beni la atemporalidad del folclore ocurre desde el conocimiento de los pueblos y, luego, la mezcla puede establecer una discusión en ese bagaje cultural. Un ejemplo de ello podría ser La leyenda del tiempo de Camarón de La Isla, uno de los mayores exponentes del flamenco.
Ese disco estableció una nueva mirada a la tradición del flamenco, a la protección de los flamencólogos y del pueblo purista, porque incluye ritmos contemporáneos de la década de los setenta. El bajo del rock, la guitarra psicodélica, teclado y batería fueron esenciales para el ritmo que buscaba Camarón. En un principio tuvo una receptividad complicada, pero la maestría de un cantaor que “ha mamado” del flamenco puro junto a la innovación fueron las bases de una obra atemporal en el folclore español.
“La base es la base y la raíz es la raíz. Eso hay que respetarlo. Al menos así es como lo vemos nosotros. Al fin y al cabo eso pasa en todos los folclores de todo el mundo para que se mantenga, porque siempre la música evoluciona, como ha comentado Beni, se mezcla y demás. Se encuentra con muchas barreras y parte de esas barreras de esa evolución son que si los puristas de cada género, que lo va a tener el folclore del Caribe, lo va a tener el folclore de aquí y lo va a tener el folclore de todo el mundo. Pero son figuras necesarias para que la raíz no se pierda y siga existiendo. Porque tiene que haber el defensor para que esa raíz no se pierda y tiene que haber el innovador”, agrega Omar.

A partir de ello, explica Luis, se puede concluir que la voz del folclore es mestiza y nace, en la mayoría de los casos, de la unión indetenible de las comunidades. “Algo bonito que tiene el encuentro de folclore es que nosotros crecemos pensando que somos muy puros. Sobre todo cuando creces amarrado a un folclore en concreto, la palabra pureza toma mucha importancia y la realidad es que no existe aspecto más mestizo y convulso que el propio folclore. El folclore de las tierras es el resultado del encuentro de diferentes comunidades a lo largo del tiempo y de diferentes choques. Hay muchas cosas de por medio que luego terminan formando parte de lo que tú incorporas en una canción,” comenta.
Al llegar a España, relata, tuvo la sensación de que nunca encontraría una identidad sonora parecida a la que lo había criado. No sería capaz de ver en un tierra lejana aquello que el mapalé, el bullerengue y la cumbia le habían enseñado, pero al encontrarse con las tradiciones de la tierra mediterránea una certeza se anidó en su cabeza: “ Las culturas se generan por el sentimiento de otredad, pero cuando las pones en colisión y de pronto ves que, primero, las palmas del flamenco siguen un compás en concreto y, luego, se dejan llevar por la improvisación, te preguntas: ¿Qué tan diferente es eso del que está palmeando en cumbia? La diferencia no es mucha y te das cuenta de que son más las cosas que se unen”.
La autenticidad como signo de protesta
Las letras de Çantamarta son un camino de tierra que se encuentra con el asfalto. En ese tránsito las palabras de la costa colombiana se mezclan con la jerga caraqueña, con el lacreo de las voces populares, con el sueño de un chambeador, con el delirio de un motorizado en la pista más veloz. Todas esas palabras se convierten en rimas, en frases que pueden significar mucho y, al mismo tiempo, solo dar cuenta del disfrute de una buena canción. En ese lugar recae un oficio que remite, como han mencionado previamente, a la resistencia.
“Çantamarta son más las preguntas que formula que las respuestas que encuentra. Nuestras canciones giran muy en torno a la formulación de preguntas: ¿A dónde van los malandros cuando lloran?, ¿por qué humanizas a un delincuente?, podría preguntarse alguien. Cuando salió el tema “Cuando lloran los malandros” recibimos esas preguntas. Lo mismo con el motorizado. Para nadie es un secreto que el tránsito vial en Venezuela o en Caracas es un territorio sin ley y nos hemos acostumbrado a vivir en ese territorio sin ley”, explica Luis.
Çantamarta recrea en sus letras la cotidianidad de los seres populares, de las dinámicas del folclore citadino que, muchas veces, pasan desapercibidas en la rapidez de los cambios y son vejadas por las estructuras de la sociedad. Desde el militar que acecha, apunta y aprovecha hasta el frío capitalino que bendice a los chambeadores. El temor a los verdes y la figura de los cachicamos conchudos. Todas estas figuras remiten, primero, a un contexto particular, pero tienen la capacidad, en el ritmo del grupo, de lograr una mirada universal. El conocedor lo entiende y el ajeno se lo tripea.
“Ahí lo bonito también es dejarlo abierto (fuera de beta). Dejar el tema abierto para que quien quiera indagar en él o lo quiera llevar a su terreno lo pueda hacer él. “No le temo al negro, yo le temo al verde.” puede hacer que un colombiano lo pueda entender en su contexto y sacarle partido. Es cool que sí hay algo, no sé si protesta porque es verdad que protesta va de la mano con un accionar y una postura política, una movilización constante que como grupo no perseguimos como tal, pero siempre está de alguna forma. Es un legado del rap conciencia venezolano que, sin necesidad de un símbolo, engloba un mensaje de protesta”, analiza.
En este aspecto reside la riqueza del proyecto, ya que, como explica Omar, es capaz de crear puentes entre las diferentes culturas. “Esa unión, de una u otra manera siempre ha estado presente, hoy en día está mucho más vigente. Todos los españoles tienen un amigo venezolano, colombiano, dominicano, fruto de toda la migración, fruto de toda la convivencia que se ha ido haciendo. Se desarrollan nuevas vías de expresión, se desarrollan nuevas vías de comunicación y eso pues obviamente afecta a la música, afecta al arte, afecta en todos los contextos, ¿no?”, agrega.
La vida se cierne sobre el arte y Çantamarta es un ejemplo de ello. La historia de tres jóvenes diferentes, de lugares dispares, de costas que se miran a la distancia, se ha unificado en la búsqueda de un ritmo capaz de ser innovador con el respeto necesario de la tradición. Son los juglares que cuentan la historia detrás de los ocho anillos de Pastor, del motorizado que sale con una arepa de atún para sumergirse en la velocidad de la ciudad y del bolso tricolor que llegó a Andalucía para expandirse a la par del jaleo.

La entrada Çantamarta, una banda contemporánea que se nutre del folclore entre el Caribe y el sur español se publicó primero en El Diario.