Cinco meses después de firmar un tratado sobre armas nucleares crucial para apaciguar el miedo a la hecatombe, Mijaíl Gorbachov, presidente de la Unión Soviética, telefoneó a su homólogo en Estados Unidos, George H. W. Bush. Era el día de Navidad de 1991. El tono fue cariñoso. Gorbachov llamó para contarle a su “querido amigo” que iba a dimitir. “Nuestros cometidos pueden cambiar, pero te aseguro que lo que hemos conseguido no cambiará”, escribió Gorbachov. “Estoy convencido de que lo que has hecho será historia”, le respondió Bush al aparato.








