
David Marcial
Antes de salir de casa, Carlos le dijo medio en broma a su hija mayor: “Si hay un terremoto, te colocas junto a la columna cerca del balcón”. Fue una de esas exageraciones cariñosas para que una niña de 13 años entendiera que tenía que cuidar de su hermana de siete, porque donde vive la familia Rondón no están acostumbrados a los terremotos. En La Guaira siempre le han tenido más miedo al cielo que a la tierra. Sobre todo desde las lluvias torrenciales de 1999, que arrasaron gran parte de esta ciudad costera. El cielo estaba limpio y azul la tarde del miércoles pasado. Por eso, Carlos y su esposa Asia salieron tranquilos a hacer unas compras al supermercado. Eran pasadas las 18.00 cuando sintieron que el suelo debajo del carrito empezaba a temblar.
Por El País
El peor sismo en más de un siglo en Venezuela sucedió precisamente ese miércoles festivo, el día de San Juan. La familia Rondón se había despertado tarde. Carlos no tenía que trabajar en su negocio de venta de bañadores y por la tarde fue con su esposa a comprar algo especial para la cena. El supermercado estaba apenas a 10 minutos en coche, pero tras las dos sacudidas consecutivas todo quedó paralizado. Carlos y Asia arrancaron a pie el camino a casa en medio de gente aterrorizada, gritando, corriendo por el asfalto, lo más lejos posible de las casas que habían volcado sobre la acera.
A pesar de todo el caos, ninguno de los dos estaba demasiado preocupado por las niñas. Casi nadie había tomado todavía la dimensión de la magnitud del desastre. Pero algo parecido a la fe les decía por dentro que el destino había sido piadoso con ellos. Además, el edificio donde vivían, un luminoso complejo de departamentos con 11 pisos acristalados mirando al mar, piscina y zona de barbacoa, había resistido ya muchos golpes.
Era de la década de los ochenta, pero tenía integrado un sistema antisísmico. Aguantó el deslave del 99, incluso habían sido alojados allí varios damnificados de aquella tragedia. Tras media vida de trotamundos por su trabajo de comerciante, incluida una estancia de tres años en Chile, Carlos y su familia habían encontrado en ese departamento playero su pequeño paraíso.
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